Aragón Liberal (Enviado por: José
María Simón) , 30/11/06.- Carta de José María Simón, presidente de la federación
internacional de asiciaciones médicas católicas a todos los médicos, en especial
a los católicos, para que sean coherentes con su profesión médica y los
principios éticos a favor de la vida.
CARTA A LOS
MÉDICOS CATÓLICOS DE TODO EL MUNDO SOBRE “LA RELACIÓN DEL MÉDICO CON LA
MORAL” Por el Dr. José María Simón, Presidente de la
Federación Internacional de Asociaciones Médicas Católicas (F.I.A.M.C.)
Distinguidos colegas: La relación del médico
con el moralista no ha sido siempre fácil. Numerosos compañeros de distintos
países piden algunas reflexiones para ayudarles a ejercer la profesión médica
con seguridad moral. Uno de los requisitos de esta seguridad moral es la
consulta frecuente con expertos para iluminar la conciencia profesional. Ésta,
para ser eficazmente humana, debe estar bien formada y correctamente informada y
debe ser frecuentemente afinada en su búsqueda permanente de la verdad. En los
últimos tiempos, dada la naturaleza de las respuestas de los expertos, es bueno
hacer algunas precisiones sobre la calidad y el alcance de las mismas.
LA LEY NATURAL EXISTE La ley natural es
la capacidad de la recta razón humana para conocer y adherirse a la verdad. Hay
que decir que ningún profesional como el médico palpa tanto la existencia de
esta ley.
Aunque la ley natural no coincide con la ley
biológica, sabemos perfectamente que si minusvaloramos la fisiología humana, por
ejemplo, nuestros pacientes irán mal. Nadie puede, por ejemplo, comer piedras
sin transgredir las leyes de nuestro cuerpo y, por tanto, enfermar. Esto nos
puede ayudar a comprender que hay también una ley que nos ayuda a valorar la
dignidad humana. Todos “sabemos” que matar a un ser humano inocente está mal. O
que robar está mal. Sabemos que si no consideramos al ser humano como un ser
también psicológico, espiritual, familiar y social, nuestra función de
transformar el sufrimiento en bienestar (los médicos somos como nazarenos, como
cirineos, que ayudan a soportar el peso de la enfermedad y el dolor) no
alcanzará jamás plenamente sus objetivos.
Aunque la mayoría absoluta
de los habitantes del planeta Tierra creen en un Ser Supremo, resulta que, en
las sociedades occidentales, muchos pensadores y creadores de opinión no creen.
También a ellos podemos darles razones naturales de lo que es bueno o malo para
el ser humano. Es más, a veces será con estas razones con las que percibirán lo
sublime de nuestro pensar.
Vista la existencia de la “ley natural”,
dada su complejidad (aunque algunas normas sean bien simples) y siendo obvio que
los seres humanos padecemos desde Adán serias limitaciones, nos podemos
preguntar si hay alguna instancia última que interprete correctamente esta ley.
Numerosos grados jurisdiccionales intermedios ayudan o perturban en la
percepción de la ley. Nuestra instancia última personal es nuestra conciencia
profesional personal, que será quien desencadenará las decisiones sobre los
actos médicos. De hecho, cada uno con su sola razón puede llegar muy lejos en la
búsqueda de la verdad. Pero existe una instancia segura, auténtica y objetiva, y
por tanto útil y buena, de interpretación general de la ley, algo que nos impide
cometer errores de bulto para con el ser humano y que además busca la felicidad
trascendente de las personas.
Dios es el Creador del universo y del
hombre. Y, como dice alguna constitución política, Dios ha hecho al hombre
libre. Libre de escoger la verdad y el bien. Pero también libre de optar por el
mal. La experiencia indica que bien y mal se entremezclan en un sinfín de
tonalidades en el interior de nuestras estructuras sanitarias. Si el mal existe,
también existe la confusión, el error. Tanto el error culpable como el
no-culpable (¡contra ambos debemos combatir!). Es más, es posible que algunas
personas estén especialmente empeñadas en extender la confusión. Además, el mal
puede establecer verdaderas “estructuras de pecado”, lugares, establecimientos o
leyes que no sirvan al ser humano.
LA IGLESIA INTERPRETA
LA LEY NATURAL Nuestro Creador ha dispuesto que sea la
Iglesia quien interprete de manera auténtica la “ley natural”. Además, custodia
todo aquello que Él mismo ha Revelado y no se halla en la naturaleza. Los seres
humanos estamos en este mundo de paso y de prueba, alejados hasta cierto punto
de Dios pero en absoluto dejados de su mano. En el Padrenuestro decimos “Padre
nuestro que estás en el Cielo”, lo cual ya indica que nosotros estamos en otro
nivel, en un no-Cielo. “Venga a nosotros tu Reino” y “líbranos del mal” nos
indican claramente que hay un estado mejor que puede venir y aún no ha venido
plenamente y que el Creador lo puede todo. En este no dejarnos solos, disponemos
del servicio que nos brinda el Magisterio de la Iglesia. La Iglesia habla con
lenguaje humano (y en distintos idiomas) sobre todo lo que acontece al hombre.
Otra verdad que percibe nuestra experiencia propia e histórica es la
realidad del progreso de la Medicina. Y ello independientemente de que haya
habido también avances, retrocesos y asimetrías según los países y las culturas.
Los seres humanos tenemos un montón de sorpresas para descubrir en la misma
naturaleza y somos capaces de inventar y construir infinidad de cosas, lo que
hace del vivir una experiencia apasionante y nunca acabada.
El
progreso debería avanzar con las dos piernas: ciencia y ética. En los últimos
años ha hecho fortuna el nombre y el contenido de una supuesta nueva disciplina,
la Bioética. Personalmente creo que los médicos ya disponíamos, muchos años
antes, de disciplinas equivalentes. Recientemente he leído libros de Moral
médica y de Deontología profesional de principios del siglo pasado y no dejan de
ser tratados de Bioética…
EL MAGISTERIO ACOMPAÑA EL PROGRESO
DE LA MEDICINA El progreso de la Medicina va también
acompañado de un despliegue del Magisterio de la Iglesia. Las nuevas técnicas,
los nuevos descubrimientos, interpelan a los médicos, los cuales encuentran
apoyo en el Magisterio. Apoyo es seguridad. La seguridad moral es necesaria en
el ejercicio de nuestra profesión. El Magisterio ilumina la conciencia
profesional para que pueda ejercer en el bien, adaptándose a los tiempos y
momentos de los avances. El Magisterio interviene después de considerar los
datos obtenidos por las ciencias experimentales. No nos ahorra el esfuerzo de
estudiar el mundo por nosotros mismos. Al contrario, nos impele a ello de hecho
y de derecho.
El sentido común eclesial nos dice que, si bien todos
los bautizados somos Iglesia y le aportamos nuestro granito de arena, quien
ejerce el Magisterio de la Iglesia son el Papa y los obispos en comunión con él.
No puede ser de otra manera. El Todopoderoso se hizo uno de nosotros y dejó unos
representantes, actúa cuando quiere y como quiere, pero se adapta a la lógica
inscrita por Él mismo. No razonable que cualquiera y de cualquier manera
produzca Magisterio o pretenda interpretar auténticamente la “ley natural”.
Así pues, cuando aparece un documento papal o episcopal sobre un
tema de interés propio de la profesión, el médico católico debería mirar
críticamente a la legión de teólogos moralistas que lo interpretan y
reinterpretan en diversos medios de comunicación. ¡Como si el Papa no escribiera
con claridad! ¡Como si los médicos católicos no pudiéramos entender por nosotros
mismos! No se puede ofender la inteligencia de los profesionales ni de la
población general. Ya sé que algunos teólogos tienen el respaldo de numerosas
publicaciones, son profesores de universidades de prestigio desde hace años o
mantienen lazos de amistad con nosotros. La emotividad puede tumbar cabezas muy
bien amuebladas y, por el contrario, también hacer entender por otra vía al que
no entiende por la vía de la razón.
El común de los mortales
comprende el dicho que dice “donde hay patrón, no manda marinero”. Esto debería
bastar para acallar a quien suplanta descaradamente funciones que no le son
propias.
Es capital tener en cuenta que, al igual que sucede en
el caso de las apariciones o revelaciones personales, lo público en la Iglesia
prima sobre las enseñanzas privadas. Así, las enseñanzas públicas de la Iglesia
sobre los temas que nos afectan tienen siempre prioridad y veracidad. Las
enseñanzas privadas de teólogos se tienen que poner en cuarentena siempre si
contradicen el Magisterio. E incluso si parecen contradecirlo. Uno de los
principios de la comunicación en la Iglesia es el de la claridad o
no-contradicción. En la Iglesia no hay secretos. Las grandes verdades son
públicas y claras (las tenemos en el Catecismo de la Iglesia Católica). Cuando
se proclama un misterio, queda clara y es precisada su cualidad de tal.
La vida de las personas en esta tierra mira a su destino eterno. No
se puede medir al hombre sólo en dos dimensiones. La tercera dimensión, la que
apunta hacia arriba, es la que da el volumen a nuestras vidas.
Un caso ejemplar Se trata de
una declaración de expertos sobre la posible licitud de la transferencia de
núcleo alterado a un óvulo para obtener células madre. Se alteraría de tal
manera el material genético de una célula que el producto resultante de la
puesta de este material en un óvulo y su activación, no daría lugar a un ser
humano. Sería algo similar a la mola hidatiforme, que también proviene de óvulo
y espermatozoide alterados, en este caso de forma natural.
La
ejemplaridad del caso viene dada por la inteligencia de plantearse la
posibilidad, por la manera de expresar prudentemente opiniones, por la
sinceridad en admitir los firmantes que cada uno es experto sólo en una parcela
y que no hablan en nombre de su Iglesia o entidad de trabajo; y por el hecho de
que propongan empezar las investigaciones con animales.
EN LA TOMA DE DECISIONES HAY QUE
ENCUADRAR EL PROBLEMA Son muchas las ocasiones en que los
médicos católicos nos encontramos frente a dilemas morales y tenemos que tomar
decisiones. Por ello es importante saber distinguir entre el bien y el mal, algo
que es imposible hacer al margen de la Iglesia (las cosas son como son).
En la toma de decisiones, será bueno tener en cuenta el viejo
principio de “primum non nocere” (primero, no hacer daño) y el evangélico
principio de “no más cargas de las necesarias”. También, el de trabajar con
sobreabundancia de bien. Ello nos permite ir mucho más allá al afrontar los
problemas con humanidad.
Si bien no somos habitualmente responsables
del mal que hacen terceras personas ni de encontrarnos trabajando dentro de
estructuras de pecado, jamás debemos perder la fuerza de los ideales de la
juventud, el frescor de querer cambiar las cosas por arraigadas que parezcan o
el convencimiento de que nunca estamos solos.
Antes de la toma de
decisiones, el médico se hace una composición de lugar ante el problema
concreto. Es bueno encuadrar las cosas en sentido amplio (el “frame”) y desde
una sana antropología. Recuerdo aquella vez que fui invitado a un medio de
comunicación de masas para un debate sobre la inseminación artificial en las
parejas lésbicas. Se suponía que las distintas opiniones estarían equilibradas.
Los invitados, empero, eran un activista gay, una lesbiana, un bisexual, un
libertino y un heterosexual. Además, el presentador y los reportajes de apoyo
estaban a años luz del pensamiento del minoritario heterosexual. Preguntada la
dirección del programa por tan burda manipulación, tuve que oír que todo había
sido pensado desde la más estricta paridad de opiniones…
En este
caso, el encuadre del tema no es si aquel tipo de parejas tienen o no derecho a
inseminarse o si hay parejas heterosexuales que maltratan a sus hijos. La
perspectiva amplia puede ayudar al profesional de la fertilidad a ejercer la
objeción de conciencia. Y es que lo ideal, y con lo que millones de esposos y
niños son y han sido felices, es que los niños nazcan naturalmente en la
familia, hombre y mujer. Es ahí a dónde hay que llevar el debate porque es ahí
donde reside la realidad.
¿SE PUEDE HACER UN MAL PARA
CONSEGUIR UN BIEN? Aunque generalmente los problemas en las
decisiones médicas no se suelen presentar como males que producen bienes, lo
cierto es que ésta es la clave de la cuestión en numerosas ocasiones. Y el
principio de jamás hacer un mal para conseguir el bien (el fin no justifica los
medios) es básico.
Las decisiones médicas son actos morales. Muchas
veces la rutina de la vida hace que no las veamos como tales. Quizá un día nos
planteamos la moralidad de un procedimiento o protocolo, decidimos que era
justo, y lo venimos aplicando si más en los distintos pacientes. Los
automatismos forman parte de la naturaleza y nos ayudan a vivir sin gastar
ingentes cantidades de energía mental. Sin embargo, en algunas ocasiones – no
sólo en los casos extraordinarios- hay que estudiar atentamente el acto moral.
Es útil la tradicional disección del acto moral en objeto, fines y
circunstancias. Un acto bueno requiere la bondad simultánea de estos tres
elementos constitutivos de la moralidad de los actos humanos. Algunas veces uno
tiene que aguzar el ingenio para poner cada cosa en su sitio y detectar
claramente qué objeto estamos evaluando. En definitiva, de qué estamos realmente
hablando.
Por ejemplo, ¿puede uno emborracharse (acto malo) para
extraerse unos dientes careados (fines laudables) en unas circunstancias de
ausencia de medicinas (entorno favorable al acto)? ¿no es aceptar que el fin
justifica los medios o que se puede hacer un mal (emborracharse) para conseguir
un bien (la salud)? La respuesta a este aparente dilema, que puede aplicarse a
otros muchos casos pero no a todos, es que al acto lo hemos catalogado como
“emborracharse” pero en el fondo es un acto “anestésico”. El alcohol es un
anestésico, aunque sea de segunda categoría. Nuestra razón práctica, con un poco
de formación y de entrenamiento nos ayudará a catalogar cabalmente el acto
moral.
Hay comportamientos cuya elección, por su naturaleza, siempre
es errada. Por ejemplo, el caso del aborto, no se puede afirmar que sacrificar
al hijo para supuestamente favorecer a la madre es un acto bueno. Se mire como
se mire.
EL DOBLE EFECTO La teoría del
doble efecto está mal vista en Europa debido al desprestigio de los llamados
“daños colaterales” en las guerras recientes. Uno bombardea a un enemigo y, sin
pretenderlo, su acción daña a civiles inocentes. Terrible.
Sin
embargo, la Medicina se sostiene en pie porque aceptamos la teoría. La
quimioterapia pretende eliminar las células cancerosas a costa también de dañar
células sanas. Extirpamos un útero enfermo a pesar de que la mujer quedará
infértil para siempre. Vacunamos miles de niños a pesar de que alguno morirá por
los efectos secundarios.
Está claro que debemos hacer todo lo
posible para minimizar los efectos secundarios, igual que hay que hacer todo lo
posible para evitar una guerra. En el doble efecto, no se trata de hacer un mal
para conseguir el bien. El mal no se desea. Aparece como un convidado de piedra
pegajoso y persistente.
En el caso del llamado aborto terapéutico o
en el eugenésico, para que quedase claro que aquí no hay doble efecto y que a
quien se combate primero es al embrión, el mismo Juan Pablo II afirmó que jamás
se puede legitimar la muerte de un inocente.
En el caso del aborto
indirecto, si bien es lícito tratar a una madre aunque esperemos el efecto
secundario de la muerte del embrión o feto, algunas personas nos han dado la
solución a problemas morales por rebosamiento de bien. Tal es el caso de la
doctora Gianna Beretta, que se negó a un tratamiento para no perjudicar su
embarazo. Ella murió y su hijo vive.
EL MAL
MENOR Se ha puesto de moda hablar del mal menor como si
fuera algo deseable. Pero no. Resulta que jamás se puede hacer un mal, por menor
que sea o se considere. El mal siempre es malo. La teoría del mal menor no se
refiere a hacer sino a tolerar. El mal menor lo decide un tercero o terceros sin
que nosotros intervengamos. Tenemos que tolerar ciertos males porque no somos
Quijotes que deban arremeter contra todo y además el ser humano es libre incluso
para utilizar mal esta libertad. Nuestra obligación es la de nunca hacer el mal.
Siempre hacer el mayor bien posible. A lo que no debemos acostumbrarnos es a
tolerar los males infligidos a inocentes. ¡Nunca son estos males menores!
LA COLABORACIÓN CON EL MAL Tal como
está el mundo, nos tenemos que plantear a menudo si evitamos colaborar con
aquellas personas y estructuras que atentan contra la dignidad del ser humano.
Aunque puedan encontrar a otros que colaboren con el mal, que nos nos encuentren
a nosotros. Que no nos sea imputable a nosotros y, si es posible, que intentemos
conducir las situaciones por sendas rectas.
En algunas ocasiones
tendremos dudas, especialmente si la colaboración es remota. La colaboración
remota, aunque sea efectiva, no nos es imputable si no la deseamos. Es bueno
evitar el escándalo y no contaminarnos. Pero no nos podemos aislar en una
burbuja de cristal y dejar de ser buen fermento en el mundo que nos rodea.
LIBERTAD Y SEGURIDAD MORAL El médico
católico dispone de una amplia libertad para ejercer su profesión. Estamos
dotados de inteligencia y debemos hacerla a rendir al máximo. Por otra parte, la
seguridad de que estamos actuando correctamente (seguridad moral) puede
alcanzarse con una mínima formación ética, asintiendo al Magisterio y
consultando algunos casos con colegas seniores o con algún sacerdote de buena
doctrina. Miles de médicos en todo el globo ejercen diariamente con la
tranquilidad de actuar bien.
Los médicos católicos tenemos grandes
modelos en los que fijarnos. Ellos no han hecho más que identificarse de forma
perfecta con quien es el principio de la ética: Christus medicus. San Lucas, san
Cosme, san Damián, san Peppino Moscati, santa Gianna Beretta, san Ricardo
Pampuri, el beato Pere Tarrés, el beato László Batthyány-Strattmann, y muchos
más, nos han precedido y se han convertido en los gigantes de la Medicina.
Curiosamente, muchas veces los pacientes les veneran más que nosotros mismos los
médicos…
ALGUNAS REFLEXIONES SOBRE TEMAS CONCRETOS
Los preservativos El
“affaire” de los preservativos para evitar el contagio del sida o los embarazos
no deseados es otra de las cosas que trae de cabeza a los médicos católicos
activistas. Pero no debemos dejarnos llevar a territorios que no son los
nuestros. La sexualidad es uno de los dones del matrimonio y dentro de éste se
expresa al máximo. Los católicos, en el matrimonio, vivimos a tope la
sexualidad. La sexualidad fuera del mismo, entre varones o poligámica no forma
parte de nuestra antropología. No se puede acusar a la Iglesia de difundir el
sida (casi siempre se olvidan de las otras 29 enfermedades de transmisión
sexual) cuando predica abstinencia, fidelidad y espera. Esto es útil para evitar
enfermedades o embarazos adolescentes. Pero la finalidad primordial de la
castidad no es antiepidémica sino promocionar la virtud y proporcionar
felicidad.
Es evidente que los médicos católicos, que sirven en un
mundo en el que hay de todo y en el que muchas veces las mismas estructuras
sanitarias están pervertidas, se encontrarán con personas que querrán seguir
practicando la poligamia secuencial o la homosexualidad. No será cándido, en un
entorno de buena relación médico-paciente, presentarles nuestras propuestas. Si
la persona insiste implícita o explícitamente en continuar con sus prácticas, el
médico le hablará de la “barrera”más o menos imperfecta que es el preservativo,
sin presentarlo, y menos recomendarlo, como un bien. Y, por último, si la
persona resulta infectada, lo tratará con cariño y profesionalidad.
Es importante tener en cuenta que no es misión de la Iglesia el
promover parches para que el ser humano siga ejercitando conductas incorrectas.
Ni en lo posible debemos permitir que los medios de comunicación nos utilicen
para promover conductas indignas.
Hay conocimientos científicos que
no se obtienen leyendo las secciones de ciencia de los medios. Así, saber que
los hermafroditas existen, que el síndrome del post-aborto es frecuente y
doloroso o que los homosexuales pueden muchas veces cambiar, se aprende en
publicaciones especializadas o de la boca de maestros experimentados.
Es bueno siempre tener en mente la sana antropología a la vez que
pensar que los mass media comprenden mejor lo simple, se ven obligados a poner
titulares impactantes y raramente pueden hacer bien un debate moral.
La eutanasia: no es lo mismo morirse que que te
maten A un enfermo terminal no se le puede dejar
desasistido, no podemos encarnizarnos con él y no podemos matarlo. Lo único
digno que podemos hacer es proporcionarle unos cuidados paliativos de calidad.
Estos deben tener en cuenta las dimensiones biopsicosocial, espiritual y
familiar de la persona. Es por esta senda por la que hay que avanzar.
La eutanasia mata la libertad: se trata de una supuesta decisión
libre que hará que la persona ya nunca más tome decisiones libres. Ni siquiera
la tan humana decisión de rectificar. La eutanasia, su popularización o
despenalización, se sitúan en el lado oscuro de la profesión, la promocione
quien la promocione.
Son frecuentísimos los casos de consultas sobre
la proporcionalidad o no de los tratamientos en los terminales. La Medicina no
puede negar nunca la hidratación, la nutrición, la higiene, la oxigenación, los
medicamentos básicos. Recientemente, un anciano presentó una insuficiencia
cardiaca y el comité de ética de su hospital recomendó sólo un tratamiento con
mórficos, en espera de su muerte. Pero el médico que le atendía resolvió el caso
con un diurético, oxígeno y digoxina. El verdadero sabio fue el médico de a pie.
Los anticonceptivos orales
Los seres humanos hemos sido creados expresamente incompletos por
Dios. El varón necesita de la mujer para realizarse y la mujer necesita del
varón también para ser feliz. Es más, varón y mujer necesitan también a los
hijos para completar su plenitud en la familia. Los esposos tienen todos los
hijos que pueden mantener y educar. El número de hijos depende de muchos
factores y debería aderezarse con la generosidad. Las familias numerosas son una
alegría para la sociedad y para la Iglesia. En mi opinión personal, prescindir
del otro sexo sería antinatural en el ser humano maduro, salvo que se transforme
en un bien sobrenatural, como sucede con el celibato por el Reino. Desde luego,
existen causas de fuerza mayor o imponderables que hacen que una persona no
pueda completarse con una pareja.
El acto sexual sostiene una
pulsión tal que a nadie deja indiferente y siempre tiene consecuencias. Une a
hombre y mujer de una manera incomparable. Su realización debe darse en un
contexto de madurez, compromiso y exclusividad: el matrimonio. El varón y la
mujer se lo dan todo al otro, incluida la capacidad de generar nuevas vidas
humanas. Esto es bueno.
Existen momentos en que, objetivamente, por
motivos médicos, sociales, familiares, la responsabilidad de los padres les
lleva a evitar un nuevo nacimiento. La posibilidad de ello ya está prevista en
la “ley natural”. La mujer sólo es fértil unos pocos días al mes. Los métodos
naturales de regulación de la fertilidad (Billings, sintotérmicos, etc.)
permiten utilizar estos periodos infecundos para que los esposos sigan
manteniéndose en comunión con las relaciones sexuales y con ellas superen la
malsana atracción de otras carnes.
El Papa Pablo VI, en la encíclica
Humanae vitae, advierte que los médicos y el personal sanitario debemos
considerar como propio deber profesional el procurarnos toda la ciencia
necesaria en este campo para poder dar a los esposos que nos consultan sabios
consejos y directrices sanas que de nosotros esperan con todo derecho.
Los anticonceptivos violentan varios derechos humanos: el derecho a
la vida (en los casos de píldora abortiva o del día siguiente), el derecho a la
salud (tienen efectos secundarios, a diferencia de los métodos naturales), el
derecho a la educación (la gente tiene derecho a conocer su propia fertilidad) y
el derecho a la igualdad entre los sexos (la carga anticonceptiva suele recaer
siempre sobre la mujer).
En julio de 2005, la Agencia internacional
para la investigación sobre el cáncer (Lyon, Francia), de la Organización
Mundial de la Salud, informó de la carcinogenicidad de los anticonceptivos
orales de estrógenos y progestágenos combinados, basada en las conclusiones de
un grupo de trabajo internacional “ad hoc”. Fueron clasificados como
carcinógenos del Grupo 1.
Lamentablemente, queridos colegas, hoy por
hoy no somos capaces de proporcionar métodos naturales a todos aquellos que los
necesitan. Las bajas tasas de fecundidad en países de mayoría católica (España,
Italia), junto con el bajo conocimiento de estos métodos, nos indican que muchos
esposos utilizan los métodos artificiales. Si tenemos en cuenta que se trata de
países relativamente ricos, no se puede decir tampoco que sean especialmente
generosos con el número de hijos. Aquí tenemos un reto inmenso. No debemos jamás
apagar la antorcha encendida en favor de los naturales.
Por
desgracia, la contracepción no es el único reto de la Medicina y de la sociedad.
Tampoco somos capaces (ni nosotros ni el conjunto de las naciones en general) de
proporcionar medios contra la desnutrición, la malaria o la transmisión vertical
del sida. Tenemos los conocimientos y algunos medios pero no podemos ponerlos al
alcance de los necesitados. No falta trabajo, pues.
Sin juzgar a los
esposos que utilizan anticonceptivos artificiales – nuestro oficio no es el de
juzgar- no debemos jamás olvidar este deber profesional de ofrecer los medios
naturales y de disuadir de los artificiales. Es signo de progreso comprender
bien a la naturaleza y ayudarla en lo posible. El mundo está inacabado. Tenemos
un trabajo que hacer. Y, cuando lo hacemos, el progreso se nota.
El aborto provocado ¿Hay
algo peor que arrancar a un hijo del vientre de su madre? ¿Se puede explicar a
un niño de cinco años el aborto procurado? La mujer que pierde a un hijo en un
aborto espontáneo, ¿no llora como si hubiera perdido a un hijo? ¿Hacemos los
médicos todo lo posible para transformar el sufrimiento de unos padres con
problemas en el embarazo en alegría y gozo? El médico católico ejerce la opción
preferencial por las madres. Ni exclusiva, ni excluyente, pero preferencial.
El evolucionismo Sabemos muy
poco del comienzo físico de la especie humana. Sin caer en el cientifismo, habrá
que esperar décadas hasta que la ciencia nos ilumine más sobre ello. No se sabe
ni cómo ni cuando una especie pasa a otra, si es que ello sucede. Gran parte de
lo escrito sobre esta materia es provisional e incompleto.
La amniocentesis Como
sabéis, salvo casos escepcionalísimos, la amniocentesis se realiza para provocar
el aborto en caso de que se sospeche una malformación fetal. Así, como está
práctica no se hace en bien del feto y de la madre, no se puede considerar un
acto médico correcto.
La reproducción
artificial El médico puede y debe ayudar a los esposos
infértiles, pero no puede sustituirlos. Este principio es muy útil para
comprender que, a pesar de la popularidad de las técnicas llamadas de
“reproducción asistida”, no podemos ceder a las tentaciones fáciles y
lucrativas. Todos los esfuerzos deben concentrarse en mejorar los estudios de
fertilidad de las parejas y en tratar lo tratable, que es mucho. Dada la
fijación que muchas clínicas tienen para con la fecundación in vitro, será bueno
explicar a los esposos que no es función médica sustituirlos, que las
amniocentesis se hacen casi siempre para abortar a los hijos defectuosos, que se
eliminan embriones sobrantes a menudo, que se congelan hijos.
Los
ginecólogos católicos son los héroes de la Medicina de hoy. Su cuidado y
promoción son prioridad alfa para las asociaciones de médicos católicos y para
la F.I.A.M.C. Los generalistas y otros especialistas también pueden aportar
sabios consejos en cuestiones de fertilidad.
El respeto
por el embrión. Las células madre Sinceramente creo
que la postura más coherente con los conocimientos que tenemos sobre el embrión
es su escrupuloso respeto desde la concepción. Y la postura que más problemas
evita. Nuestra coherencia reluce cuando defensores de ballenas y focas,
detractores de la pena de muerte, activistas por los derechos humanos,
filántropos de distintas especies, aceptan la destrucción del embrión sin
pestañear (siempre con fines terapéuticos, claro).
La concepción
dura un tiempo, pero el proceso ya está desencadenado y el respeto por la
integridad del embrión comienza mucho antes: comienza con el respeto por la
unión de hombre y mujer, evitando concepciones in vitro. Los seres humanos no
debemos introducir caos en el bios.
Parangonando el principio del
evangelio de san Juan, podemos decir que al principio existe el mensaje
genético, y el mensaje genético está en vida y el mensaje genético es la vida.
Cuando existe un mensaje genético humano completo, expresable y que se expresa
de manera continua, coordinada y gradual, imparable si no es por factores
externos adversos, allí existe un ser humano único e irrepetible que se debe
respetar. Viene a nosotros y los suyos (nosotros) debemos reconocerlo y
recibirlo.
Ya se comprende que, aunque cualquier célula, por ejemplo
de nuestra piel, contenga el mensaje genético humano completo, no se trata ella
misma de un ser humano. La expresión de ese mensaje, que es parcial, hace que no
se trate de un ser humano. ¡Es el óvulo fecundado el que ya está actuando como
humano! Al principio, somos mensaje único e irrepetible rodeado de algunas
membranas, ARN, reservas de energía y otros servicios. Hasta ahora, ningún
investigador ha “creado” vida. Los seres humanos sólo somos capaces de
transmitirla, correcta o incorrectamente..
Las células madre
embrionarias están para dar lugar al embrión. Y las células madre adultas están
para regenerar tejidos. Así de sencillo.
En sentido estricto, el ser
humano no tiene derecho a la vida. La vida es un regalo que recibimos. Antes de
existir no éramos nada y por tanto no éramos sujeto de derechos. ¡A lo que
tenemos derecho es a que otro ser humano no nos quite la vida!
Queridos colegas: Nuestra profesión es
quizá la más admirada del mundo y aquella de la que más esperan las gentes. Yo
os recomiendaría que no dejarais jamás de estudiar, que tuvierais presente la
promesa y la oración del médico (www.fiamc.org ), que no cayerais en la
tentación de venerar al dios Mammón (el dinero) y que considerarais la
posibilidad de aportar colegas a las asociaciones de médicos católicos ya
existentes.
Cordialmente, José
María Simón