Aragón Liberal
(Enviado por Jose Jurado) , 26/12/06.- Os envío un articulo sobre la
conveniencia de hacer reflexionar a los esposos que están en trance de
ruptura sobre las consecuencias del divorcio, sobre todo para los hijos
He
leído en la Revista Ciudad Nueva un estupendo artículo de mi amigo y
compañero, Maximiliano Domínguez, sobre los estragos del divorcio en el
que refleja su condición de jurista católico.
Parte de la
definición de la ley que dio Santo Tomás como “Ordenación de la razón
al bien común” que algunos confunden como “la voluntad del grupo
victorioso”. Que eso es la democracia.
Y se lamenta de
que la Ley del Divorcio “exprés”, en lugar de traer un bien aparente,
no ha hecho otra cosa que aumentar el número de divorcios, favoreciendo
las rupturas matrimoniales y restringiendo las posibilidades de
reconciliación. Hoy día, a las primeras de cambio, basta un simple
disgusto para que resuene en los oídos de la esposa esa cantinela de
“no lo aguantes, denúncialo”. Y no existe en el proceso de divorcio un
trámite, ni nada ni nadie que disuada a los esposos de romper el
matrimonio.
El artículo de mi amigo Maximiliano me ha traído a
la memoria un hecho que viví en mis ya lejanos años de Juez y que os
ruego me permitáis contároslo: Recibí un exhorto para separar
“provisionalísimamente” a unos esposos. En aquellos tiempos existía
este trámite que implicaba la constitución del Juez en el domicilio
conyugal y requerir al esposo para que lo abandonara llevándose su ropa
y sus enseres personales. Señalado el día y advertidos los esposos, me
constituí en el domicilio con el Secretario, Letrados y Procuradores.
Al
llegar a la casa me encontré que estaba invadida por multitud de
personas, sobre todo por familiares políticos, que vociferaban
increpándose y culpándose recíprocamente de la separación. A pesar de
que ordené, rogué y supliqué que desalojaran la casa y me facilitaran
la labor, no conseguí que me hicieran el menor caso. Hablé con los
esposos y, a duras penas, logramos meternos los tres en un dormitorio
sin Letrados ni Procuradores. Les hice mil reconvenciones para que
desistieran de su propósito puesto que eran relativamente jóvenes y
tenían tres hijos, que iban a ser las verdaderas víctimas de su
decisión.
Me escuchaban con cara hosca y nada respondían. De
pronto se abrió la puerta del dormitorio y entró llorando y gritando un
niño de unos dos o tres años que llamaba desconsoladamente a su mamá.
Era el hijo menor. Los padres se abrazaron a él llorando y así
estuvieron largo rato sin que yo saliera de mi sorpresa y sin poder
contener la emoción.
No puedo ocultar que me uní al coro del
llanto. Aquel niño salvó el matrimonio.Ante aquel cuadro ¿quién podría
evitar un esfuerzo más para disuadirles de que iban a dar un mal paso.
En mi interior maldije la Ley del Divorcio, las familias políticas, que
en vez de unir separan, y al desventurado, que Dios tenga en la Gloria,
que –presumiendo de ser demócrata cristiano y progresista- presentó la
ley en el Congreso. Como estaban próximas las Navidades, les indiqué
que, si les parecía bien, suspendíamos la diligencia hasta después de
Reyes a fin de que pasaran, por última vez, la Nochebuena juntos. Los
dos vieron el Cielo abierto y el esposo me dio tal apretón de manos que
por poco me incapacita para firmar el acta. Comuniqué la decisión a los
Abogados y Procuradores y mostraron su conformidad a volver ....
después de Reyes.
Aún oí algún que otro insulto dirigido al
esposo. Pasó el día Reyes, pasaron los días y los meses y los Magos
hicieron a aquel matrimonio el mejor regalo: su decisión de no
separarse. Al cabo de unos años, ocho o diez (ya soy viejecito) hice
con mi Parroquia una excursión a Lourdes. Cuando visitábamos Torre
Ciudad, hice una foto al grupo de peregrinos y de él se destacó un
matrimonio que me preguntó si los conocía. Les dije que no, y empezaron
a contarme lo que os acabo de relatar Naturalmente que los recordaba.
Me dijeron que seguían unidos, tal cual los dejé, ¡y que tenían dos
hijos más!Aquello me llenó de gozo. Es verdad, como dice Maximiliano,
que si en el trámite del divorcio alguien –Sacerdote, Juez, familiar o
amigo-les hablara llegándoles al corazón y al sentido común, no se
darían los 85.000 divorcios del año pasado. Y no estaría de más que
hubiera Jueces católicos valientes (aunque “políticamente incorrectos”)
que se atrevieran a dialogar con los esposos y, llegado el caso, poner
en sus sentencias que el matrimonio canónico que contrajeron y
pretenden dar por resuelto, queda incólume. Yo (perdonarme la
jactancia) lo fui en las cuatro sentencias de divorcio que he puesto en
mi vida y me atraje, la perplejidad, la incomprensión y el hazmereir de
algunos compañeros. Dios les perdone su actitud ¡y su cobardía!
26 Diciembre 2006 .
Asociación de Amigos de Aragón Liberal.