Aragón Liberal.-
En el camino cuaresmal, haciendo memoria de nuestro Bautismo, se nos
exhorta a salir de nosotros mismos para abrirnos, con un confiado
abandono, al abrazo misericordioso del Padre (cf. S. Juan Crisóstomo,
Catequesis, 3,14 ss.).
20/02/07
MENSAJE DEL SANTO PADRE
BENEDICTO XVI
PARA LA CUARESMA 2007
"Mirarán al que traspasaron" (Jn 19,37)
¡Queridos hermanos y hermanas!
"Mirarán
al que traspasaron" (Jn 19,37). Éste es el tema bíblico que guía este
año nuestra reflexión cuaresmal. La Cuaresma es un tiempo propicio para
aprender a permanecer con María y Juan, el discípulo predilecto, junto
a Aquel que en la Cruz consuma el sacrificio de su vida para toda la
humanidad (cf. Jn 19,25). Por tanto, con una atención más viva,
dirijamos nuestra mirada, en este tiempo de penitencia y de oración, a
Cristo crucificado que, muriendo en el Calvario, nos ha revelado
plenamente el amor de Dios. En la Encíclica Deus caritas est he tratado
con detenimiento el tema del amor, destacando sus dos formas
fundamentales: el agapé y el eros.
El amor de Dios: agapé y eros
El
término agapé, que aparece muchas veces en el Nuevo Testamento, indica
el amor oblativo de quien busca exclusivamente el bien del otro; la
palabra eros denota, en cambio, el amor de quien desea poseer lo que le
falta y anhela la unión con el amado. El amor con el que Dios nos
envuelve es sin duda agapé. En efecto, ¿acaso puede el hombre dar a
Dios algo bueno que Él no posea ya? Todo lo que la criatura humana es y
tiene es don divino: por tanto, es la criatura la que tiene necesidad
de Dios en todo. Pero el amor de Dios es también eros. En el Antiguo
Testamento el Creador del universo muestra hacia el pueblo que ha
elegido una predilección que trasciende toda motivación humana. El
profeta Oseas expresa esta pasión divina con imágenes audaces como la
del amor de un hombre por una mujer adúltera (cf. 3,1-3); Ezequiel, por
su parte, hablando de la relación de Dios con el pueblo de Israel, no
tiene miedo de usar un lenguaje ardiente y apasionado (cf. 16,1-22).
Estos textos bíblicos indican que el eros forma parte del corazón de
Dios: el Todopoderoso espera el "sí" de sus criaturas como un joven
esposo el de su esposa. Desgraciadamente, desde sus orígenes la
humanidad, seducida por las mentiras del Maligno, se ha cerrado al amor
de Dios, con la ilusión de una autosuficiencia que es imposible (cf. Gn
3,1-7). Replegándose en sí mismo, Adán se alejó de la fuente de la vida
que es Dios mismo, y se convirtió en el primero de "los que, por temor
a la muerte, estaban de por vida sometidos a esclavitud" (Hb 2,15).
Dios, sin embargo, no se dio por vencido, es más, el "no" del hombre
fue como el empujón decisivo que le indujo a manifestar su amor en toda
su fuerza redentora.
La Cruz revela la plenitud del amor de Dios
En
el misterio de la Cruz se revela enteramente el poder irrefrenable de
la misericordia del Padre celeste. Para reconquistar el amor de su
criatura, Él aceptó pagar un precio muy alto: la sangre de su Hijo
Unigénito. La muerte, que para el primer Adán era signo extremo de
soledad y de impotencia, se transformó de este modo en el acto supremo
de amor y de libertad del nuevo Adán. Bien podemos entonces afirmar,
con san Máximo el Confesor, que Cristo "murió, si así puede decirse,
divinamente, porque murió libremente" (Ambigua, 91, 1956). En la Cruz
se manifiesta el eros de Dios por nosotros. Efectivamente, eros es
—como expresa Pseudo-Dionisio Areopagita— esa fuerza "que hace que los
amantes no lo sean de sí mismos, sino de aquellos a los que aman" (De
divinis nominibus, IV, 13: PG 3, 712). ¿Qué mayor "eros loco" (N.
Cabasilas, Vida en Cristo, 648) que el que trajo el Hijo de Dios al
unirse a nosotros hasta tal punto que sufrió las consecuencias de
nuestros delitos como si fueran propias?
"Al que traspasaron"
Queridos
hermanos y hermanas, ¡miremos a Cristo traspasado en la Cruz! Él es la
revelación más impresionante del amor de Dios, un amor en el que eros y
agapé, lejos de contraponerse, se iluminan mutuamente. En la Cruz Dios
mismo mendiga el amor de su criatura: Él tiene sed del amor de cada uno
de nosotros. El apóstol Tomás reconoció a Jesús como "Señor y Dios"
cuando puso la mano en la herida de su costado. No es de extrañar que,
entre los santos, muchos hayan encontrado en el Corazón de Jesús la
expresión más conmovedora de este misterio de amor. Se podría incluso
decir que la revelación del eros de Dios hacia el hombre es, en
realidad, la expresión suprema de su agapé. En verdad, sólo el amor en
el que se unen el don gratuito de uno mismo y el deseo apasionado de
reciprocidad infunde un gozo tan intenso que convierte en leves incluso
los sacrificios más duros. Jesús dijo: "Yo cuando sea elevado de la
tierra, atraeré a todos hacia mí" (Jn 12,32). La respuesta que el Señor
desea ardientemente de nosotros es ante todo que aceptemos su amor y
nos dejemos atraer por Él. Aceptar su amor, sin embargo, no es
suficiente. Hay que corresponder a ese amor y luego comprometerse a
comunicarlo a los demás: Cristo "me atrae hacia sí" para unirse a mí,
para que aprenda a amar a los hermanos con su mismo amor.
Sangre y agua
"Mirarán
al que traspasaron". ¡Miremos con confianza el costado traspasado de
Jesús, del que salió "sangre y agua" (Jn 19,34)! Los Padres de la
Iglesia consideraron estos elementos como símbolos de los sacramentos
del Bautismo y de la Eucaristía. Con el agua del Bautismo, gracias a la
acción del Espíritu Santo, se nos revela la intimidad del amor
trinitario. En el camino cuaresmal, haciendo memoria de nuestro
Bautismo, se nos exhorta a salir de nosotros mismos para abrirnos, con
un confiado abandono, al abrazo misericordioso del Padre (cf. S. Juan
Crisóstomo, Catequesis, 3,14 ss.). La sangre, símbolo del amor del Buen
Pastor, llega a nosotros especialmente en el misterio eucarístico: "La
Eucaristía nos adentra en el acto oblativo de Jesús… nos implicamos en
la dinámica de su entrega" (Enc. Deus caritas est, 13). Vivamos, pues,
la Cuaresma como un tiempo 'eucarístico', en el que, aceptando el amor
de Jesús, aprendamos a difundirlo a nuestro alrededor con cada gesto y
palabra. De ese modo contemplar "al que traspasaron" nos llevará a
abrir el corazón a los demás reconociendo las heridas infligidas a la
dignidad del ser humano; nos llevará, particularmente, a luchar contra
toda forma de desprecio de la vida y de explotación de la persona y a
aliviar los dramas de la soledad y del abandono de muchas personas. Que
la Cuaresma sea para todos los cristianos una experiencia renovada del
amor de Dios que se nos ha dado en Cristo, amor que por nuestra parte
cada día debemos "volver a dar" al prójimo, especialmente al que sufre
y al necesitado. Sólo así podremos participar plenamente de la alegría
de la Pascua. Que María, la Madre del Amor Hermoso, nos guíe en este
itinerario cuaresmal, camino de auténtica conversión al amor de Cristo.
A vosotros, queridos hermanos y hermanas, os deseo un provechoso camino
cuaresmal y, con afecto, os envío a todos una especial Bendición
Apostólica.
Vaticano, 21 de noviembre de 2006
BENEDICTUS PP. XVI