Queda poco para que empiece la EXPO 2008. Estamos en plena vorágine: obras por todas partes, calles cortadas, tráfico congestionado, ruido y polvo, son algunas de las manifestaciones más visibles. Pero no se preocupen, que seguro que la recompensa merece la pena. Y es que, Zaragoza DEBE volcarse hacia conseguir su más preciada meta; conseguir tenerlo todo bonito y bien preparado antes de la gran cita. Hay que incurrir en grandes esfuerzos y sacricifios, pero no hay que pensar en ellos, mejor pongamos la vista en la meta. Debemos asimilar bien estas ideas si queremos ser buenos ciudadanos.
Perdonen que les diga, pero a mí esto me suena al más puro, caótico e inmoral dirigismo social y planificación económica: "¡Soy yo el único capaz de dirigir la sociedad para que marche bien, idiota!".
Tratemos de analizar el tema desde el punto de vista de la teoría económica. Cada euro que gasta la Administración, es un euro que debe recibir del bolsillo del contribuyente. Por tanto, todos los recursos que dedica al gasto público, lo ha detraído anteriormente del sector privado, restándoles capacidad adquisitiva que podrían haber dedicado a consumir o ahorrar.
Pero éste no es el caso, es el sector público en manos de burócratas el que tiene esos recursos. ¿Qué hará con ellos? Gastará todo lo que pueda (y más) para acumular 'méritos' con el fin de ganar las elecciones próximas. ¿Cómo lo hará, cómo decidirá qué recursos se destinan a qué función? Ineficientemente. La razón es simple: desde un aparato central es imposible tener la información suficiente para tomar decisiones que conciernen a un gran conjunto de individuos, sea un país o una ciudad, de manera correcta. Además, el sector público no se guía por el sistema de precios (los precios son las señales que ayudan a los empresarios a tomar sus decisiones), que es el único mecanismo que permite asignar los recursos a las necesidades más urgentes; ni trata de minimizar costes, lo que traerá como resultado un despilfarro de lo que antes se nos quitó.
Dicho de otra manera, la decisión de detraer recursos de un sector productivo para dedicarlos a otro, la realizará un aparato centralizado de acuerdo a sus intereses, que, como ya se ha dicho, es incapaz de dirigir la sociedad vía mandatos coactivos.
La conclusión de este breve análisis es que las consecuencias económicas de la Expo no serán buenas para el ciudadano. Lo que se recaude nunca retornará a nuestro bolsillo, a pesar de haberlo financiado. Nosotros pagamos los costes, pero ellos se quedan con los beneficios. Así es el juego, no hay alternativa.
Está muy bien que hayan renovado la ciudad, pero imaginen la cantidad de cosas que podrían haber hecho con su dinero, o las iniciativas privadas que podrían haberse llevado a cabo (con el aumento de la demanda de trabajo, y por ende, el aumento de salarios que eso provocaría).
A pesar de todo, esto no está bien decirlo. Los detractores de la Expo, tanto de uno como de otro lado, son silenciados e ignorados. Parece que no haya nadie que dude de los beneficios que presuntamente nos va a reportar la Exposición. Yo, sin embargo, sí dudo. Lo que no dudo es que vayan a salir beneficiados los de siempre: el poder y sus acólitos.
Ángel Martín