Totalitarismo democrático
Pablo Y. González Cuéllar
Equipo Gama
No es raro ver a profesores que tienen delante de sí una masa
enardecida de niños inquietos y dispuestos a no obedecer. Cuando
cargado de valor, el educador se atreve a insinuar una indicación,
rápidamente se hace sentir el desconcierto general. Las protestas se
levantan y el espacio aéreo se llena al instante de misiles de papel.
Una salida fácil para estos casos sería una "votación democrática"
sobre lo que se ha de hacer.
Uno de los orgullos más grandes del mundo occidental es
la conquista de la democracia. ¡Es verdad! Gracias a ella, la
convivencia ha sido más pacífica, el diálogo más franco y las
soluciones diplomáticas se buscan antes que la guerra. No cabe duda, es
un gran avance.
El problema de fondo de la democracia actual es que está
patinando sobre una capa de hielo de poco espesor. Tarde o temprano
esta capa se estrellará y se romperá. El resultado será la congelación
y muerte de las sociedades que sobre ella patinaban tan seguras.
En nuestros días, la democracia ha penetrado esferas
insospechadas. Lo que surgió como una forma de gobierno se ha
convertido en una forma de vida social. El problema no es la
democracia, sino los valores que la sostienen y sobre los cuales se
debe construir la sociedad. Si esa base que la sostiene es débil, se
romperá. Si no hay principios morales y antropológicos firmes, la
resquebrajadura es sólo cuestión de tiempo.
Hemos llegado a vivir en una especie de totalitarismo
democrático donde todo se lleva a votación. Esto no puede ser. Hay
cosas que no pueden ser llevadas a referéndum, valores que no pueden
ser subyugados por este totalitarismo. Principios cuya vida no puede
depender de las mayorías. ¿Es una cuestión de urnas decidir la vida o
la muerte de un niño o de un anciano? ¿En qué se basa la democracia?
¿En un puro "tirar para delante" todos juntos, sin importar lo que sea,
con tal de estar de acuerdo?
Lo ideal de la democracia sería que el gobierno del
pueblo se dirigiera sobre la base de unos principios firmes. No sobre
sistemas utilitarios y pragmáticos. En el hombre hay recintos sagrados
donde la democracia no puede y no debe tocar la puerta: la vida, la
dignidad, la religión…
Muchas veces la democracia se ha convertido en esa
salida fácil de emergencia para no afrontar problemas. Si se descuida
este punto la sociedad caerá en aguas congeladas. Si no queremos que se
convierta en un totalitarismo subyugante, al centro de la democracia
debe estar el hombre y, como fin, su realización integral. De hecho, si
el educador del que hablamos al inicio hubiera dicho: "Bueno, escojan
entre irse de fiesta o estudiar…", no sería digno del título que le
hemos dado. La salida fácil no siempre es la mejor. La democracia no
tiene derecho a violar la integridad del hombre. La democracia no debe
ser un dictador, sino un educador.