Cordialidad y convivencia
La
escuela y la familia ¿han de ser espacios tristes o lúgubres? o por el
contrario, ¿es preferible que sean lugares cordiales y alegres?. La
segunda opción es la única que puede formar chicos y chicas con una
personalidad sana y equilibrada.
La cordialidad se manifiesta en las relaciones humanas y en el
centro educativo entre alumnos, profesores y padres. Este clima de
alegría quita dureza a la necesaria exigencia en el aprendizaje de las
materias, que no nace de la imposición arbitraria del profesor sino de
las decisiones del propio sujeto que se educa. En este sentido,
cordialidad y exigencia son las dos caras de la misma moneda.
En los centros educativos está organizada la convivencia que
permite impartir con regularidad la enseñanza reglada. Pero a la vez
también ha de existir una convivencia informal entre profesores y
alumnos para conversar sobre los problemas de la vida humana y de las
pequeñas incidencias de la vida escolar. A través de esta relación
cordial y espontánea entre el tutor y sus tutelados se van formando
criterios que condicionan las actitudes generalizadas ente la vida.
La cordialidad entre los educadores (profesores y padres) y los
educandos (escolares) ha de traslucir el respeto mutuo y el cuidado de
no herir con juicios desfavorables o irónicos. La cordialidad ha de ser
el elemento fundamental para crear un ambiente escolar y familiar en
que se pueda desarrollar la satisfacción de los que participan en él,
fomentando la alegría del trabajo bien hecho, el compañerismo y la
amistad.
Cada obra bien hecha es fuente de alegría y un refuerzo de los
hábitos encaminados a la perfección del obrar y de la persona que obra.
Dicho de otra forma, la obra bien hecha es la motivación más
importante. Cuando el estudiante es consciente de que ha trabajado bien
y que el trabajo resultante es bueno, descubre el valor subjetivo del
bien que es la alegría. Por el contrario, cuando un alumno está en una
clase donde no entiende lo que dice el profesor porque los
conocimientos de base no le permiten seguir el hilo del razonamiento de
la clase, ese alumno terminará perdiendo toda motivación por el estudio
y por supuesto no vivirá la alegría de que venimos hablando.
Ordinariamente creará problemas de disciplina para llamar la atención y
perjudicará gravemente al clima de la clase.
El educador no debe plantearse como objetivo la creación de una
alegría superficial y pasajera, sino centrarse en que la relación y la
convivencia entre las personas sea realmente buena y sea valorada por
todos como una cosa buena. Entonces la alegría fluirá espontáneamente y
estimulará el esfuerzo y la exigencia del trabajo bien hecho.
Arturo Ramo