Tengo, para mi uso diario, una cajita de pequeñas pastillas de
precioso color rojo vivo, que son sumamente traviesas. Están agrupadas
de tres en tres, que es la dosis normal para cada día, y hay que tener
muchísimo cuidado con ellas para que no desaparezcan de donde uno cree
que las ha puesto.
Entienden, al parecer, que el hecho de haberlas sacado de la caja es
una invitación para hacer lo que se les ocurra y raro es el día que no
desaparecen de donde las acabo de colocar para su uso. Suelen aparecer,
pero algún que otro día no ocurre así.
A veces se esconden bajo la servilleta, uno de sus lugares
preferidos que, al parecer, goza de su confianza porque deben
transmitirse unas a otras que es un lugar cómodo y discreto para
escabullirse. Otras veces lo hacen en el sofá, que hay al lado de la
mesa, o debajo de cualquier periódico de los que se ven, más o menos
distraídamente, a la hora del desayuno.
Pero llegan a aparecer sanas y salvas, dentro de su protección de
plástico duro, si bien en algunos casos se tarda algún tiempo en
encontrarlas y muestran algo de suciedad o destrozadas por algún
pisotón.
Cuando llega el momento en que esas preciosas pastillas de color
rojo deben empezar a cumplir su misión, la de hacer el bien, resulta
que se desorientan o tienden a jugar alegremente olvidando la verdadera
razón de su ser.
No sabían lo que era la libertad y rodaban de aquí para allá
aprovechando cualquier pendiente, cualquier invitación a probar la
sensación nueva de un deslizamiento hacia lo que, en verdad, les era
desconocido. ¿Por qué no hacerlo?. ¿Qué hay de malo en ello?. Somos tan
pequeñas que nos respetarán y no nos hará daño nada ni nadie, se decían
unas a otras.
Da pena que eso ocurra, que no se sepa lo que en verdad es la
libertad y que se haga mal uso de ella. Tal vez es que no ha sido dado
a conocer con exactitud; puede que sólo se haya aireado esa palabra
pero sin especificar los compromisos que se adquieren con su adopción.
Es que la libertad, como cualquier otro bien, hay que saber
cuidarla, conservarla y acrecentarla. Hacerla brillar, con la luz de la
verdad, de cuanto se llegue a hacer en su nombre; de su poder creativo
y del bien que bajo esa bandera se está llamado a hacer. ¿Cómo pueden
saber todo eso las pequeñas pastillas de color rojo?
Cabe preguntarse, también, si de verdad se está dando a conocer el
fundamente de la libertad a quienes la edad que van adquiriendo los
aleja de la niñez. Los interrogantes que van apareciendo tienen una
gran importancia y hay que saber interpretarlos adecuadamente para que
la respuesta a dar sea la correcta, la que hace el bien, la que no
engaña, la que hace que toda persona pueda obrar con pleno conocimiento
de causa sin deslices hacia lo oscuro y engañoso.
Que no le pase a las personas lo que a mis pequeñas y preciosas
pastillas de color rojo; que se pierden rodando de acá para allá y
dejan de hacer el bien para que estaban hechas.
La belleza y el valor de la vida no debe menospreciarse; debe ser
considerada en su verdadero valor y dada a conocer, con todo detalle y
obligaciones, a quienes han de servirla y respetarla con toda
delicadeza y cariño. Las personas no deben comportarse siguiendo
cualquier tendencia que desequilibre el recto juicio, porque obrarán
aprisionadas por la sinrazón.
Ese canto a la libertad que se pretende sea el poner en las manos de
chicas muy jóvenes la posibilidad de decidir abortar sin conocimiento
de los padres es una aberración; como lo es, igualmente, la venta libre
de la llamada píldora del día después. Es una libertad similar a la de
mis pequeñas y redondeadas pastillas ante cualquier plano inclinado...
Así no se aprende a vivir en libertad. La libertad se aprende
luchando enérgicamente contra todo lo que puede hacer daño, contra todo
lo que reduce e incluso pretende anular la voz de la razón y de la
responsabilidad en el ejercicio de la verdadera misión que a cada cual
corresponde. La libertad es algo muy serio que se alcanza con mucho
amor a la verdad.
Manuel de la Hera Pacheco.- 15.Mayo.2009